Las últimas semanas habían pasado lentamente; tal vez era el ritmo que tenía que llevar debido a la escuela, aunque yo creía más probable que fuese todo lo ocurrido desde la plática con Marco.
Los días se volvieron monótonos, aburridos y llenos una desesperante angustia. Sí, suena exagerado, pero solía pensar que así debía de ser cuando las cosas marchan de forma inesperada.
-Hola, Alan ¿Cómo has estado? -me llamó alguien y giré inmediatamente sobre mí, aquélla voz me parecía desagradablemente conocida.
Era Raúl, se acercaba a la banca donde yo estaba plácidamente sentado. No lo conocía desde hace mucho y la verdad antes de lo que habíamos hablado Marco y yo, Raúl me daba lo mismo.
-Bien, bien. ¿Y tú qué tal? -respondí por mera cortesía, más que por el deseo de hacerlo.
La verdad no podía entender qué era lo que Mariana veía en alguien como Raúl; era pretencioso y presumido la mayoría de las veces, y en ocasiones era insoportable a más no poder.
-Bien también. Gracias. -dijo sin hacer ningún gesto, y sin voltear se sentó a mi lado; cosa que me incomodó bastante.
No le daba importancia al hecho de que él estuviese sentado a mi lado, tengo que aceptar que en el fondo creía que todo era mi problema.
...
Era ya bastante tarde y yo seguía sentado frente a la computadora que acostumbrada ocupar en la sala. Desde hace algunos días me quedaba hasta tarde en la sala de cómputo, lo que me mantenía ahí era la esperanza de verla, de estar a su lado por lo menos un minuto.
Estuve ahí alrededor de una hora sin que apareciera nadie importante, salvo unos cuantos de mis compañeros y amigos preguntando cosas irrelevantes; pero sin que pudiese anticiparlo la vi acercarse por el pasillo.
Mariana se veía más bonita que de costumbre, había algo particularmente hermoso en ella y no podía adivinar qué era.
-¡Hola! -la salude con el característico entusiasmo que me invadía cuando estaba con ella.
-Hola -respondió secamente, había algo extraño en su voz, un timbre de duda y dolor que era difícil distinguir.
-¿Cómo estás? -pregunté mientras la veía a los ojos, aunque sabía perfectamente la respuesta.
Mariana había estado algo extraña y distante desde hace unos días, era como si la chica que había conocido se hubiese esfumado de la noche a la mañana. Y a pesar de mis intentos por verla sonreír no había conseguido gran progreso; incluso me había ganado algunas dolorosas lecciones.
-No sé... -dijo mientras me devolvía la mirada.
Detestaba, odiaba a sobremanera que su respuesta fuera un "no sé", era algo que lograba dejarme sin palabras; pero odiaba mucho más no poder ayudarla, el no poder hacer nada para verla sonreír.
-Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites ¿cierto? -dije, aunque esas palabras salieron de mi boca sin que las pensara, fueron totalmente instintivas.
-Gracias...
Pasé las siguientes 2 horas junto a Mariana, escuchando lo que tanto la tenía triste, escuchando sus problemas y soltando de vez en cuando un chiste para ver si podía arrancar una sonrisa de su hermoso rostro (lamentablemente sin éxito).
A pesar de que adoraba estar junto a ella, por mucho que me hiciera feliz el estar a su lado, esa ocasión no disfruté tanto hablar con Mariana, había muchas cosas en mi cabeza durante esa conversación: Marco y el dolor que sentía en esos momentos, mi desprecio por Raúl; pero sobretodo me había dado cuenta de algo: me había equivocado respecto a Mariana... ella no era la mujer fuerte que yo había imaginado...
No hay comentarios:
Publicar un comentario