martes, 13 de agosto de 2019

Cruda madrugada

De nuevo estoy aquí, vaciando mis pensamientos en las palabras que he escrito una y otra vez hasta el cansancio, contemplando la oscuridad de mi cuarto y escuchando el poco ruido de mi departamento.

La noche me mira a los ojos diciéndome que debo resignarme, que ninguna de estas fatigadas frases llegará a tu pecho, que sin importar lo mucho que yo escriba tú nunca me leerás.

¿Qué número de poema es el que acabo de terminar... 32, 47? ¿A quién escribo si ya se ha marchado aquélla mariposa del cristal? ¿Por qué te busco si mis letras no te han de alcanzar? Si el frío quema y la rutina no cansa, si el dolor tranquiliza y tu indiferencia mata.

El ensordecedor eco de tu voz en mi mente me impide olvidarte, el extraño calor que desprenden tus palabras... y tu mirada,  esa maldita mirada, que me atormenta aún en tu ausencia sin permitirme olvidar el día en que decidí devolver tus gafas; esos recuerdos y maldiciones tuyas que se han clavado en mi mente sin mi consentimiento.

Ya no hay sonrisas traviesas ni miradas coquetas, no hay más saludos cordiales ni carcajadas sinceras, todo eso se fue y no me di cuenta en qué momento, estoy seguro que no imaginé que compartimos ese sentimiento.

¿Qué me queda ahora, mujer, si no es apoyarte en tu vuelo? No me queda más que estar aquí para ti, aún si mi corazón de amor se muere, aún si no sabes lo que sientes. Tal vez nunca seré yo de ti, tal vez jamás seas tú de mí y sin embargo... mi corazón te esperará.

La luna cierne su velo sobre mis palabras esperando que no me atreva a terminarlas, y yo sigo aquí, en esta cruda y calurosa madrugada, esperando escribir el poema que llegue a tus oídos y de una vez por todas enliste los sentimientos que tu mirada me causa.