Ahí estaba de nuevo, con esa sonrisa tan despreocupada y plena, con los ojos llenos de una alegría que se contagiaba con sólo verla.
Él no pudo evitar saludarla, era una necesidad, como si su voluntad se rindiera ante esa mirada. Aquel movimiento tan sutil al saludar y la curva que formaban sus labios al esbozar esa sonrisa eran mágicos... lo hacían sentir en una de esas ridículas películas de amor.
Era difícil saludarla sin más, sin el intento de iniciar una conversación, era algo que lo carcomía por dentro.
Con cualquier otra hubiese sido diferente, con ella lo que más anhelaba era verla sonreír, escuchar su voz pronunciando su nombre.
Sin decir nada se alejó, con una extraña sensación en el pecho, con aquella sonrisa grabada en la mente, esperando encontrarla de nuevo.