Era momento de escribir
lo más bello del mundo,
debía compartirlo con
el resto de la humanidad.
Te escribí, con cada gesto
y cada sonrisa, cada saludo,
cada mirada y también cada
ceño fruncido.
Cuando estabas en esas
páginas, las guardé, las
arrojé al mar, no eras tú...
no eras igual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario